Y ahora qué

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Chicago

Son las 00.00 y empieza el recuento de las cosas, las dudas de si te dejas algo importante sin meter en la maleta, de si el peso se excede de la cifra, y los nervios de dejar tanto detrás.

A falta de una hora y cuarto aún para que salga el bus, comenzamos a meter las cosas en el coche y vamos rumbo a la estación. Son la una de la madrugada y no se abren las puertas para pesar las maletas, la estación está cerrada. Los nervios van en aumento, pero tenemos cerca la solución, podemos ir a mi casa y hacer un intento de pesarlas en una báscula. Parece que todo va bien, tenemos tiempo aún, y las cifras salen perfectas, es hora de volver a la estación a esperar el bus.

La estación se va llenando de gente con maletas, mochilas y nervios escondidos. Se ve el autobús a lo lejos, desde el retrovisor, es el número tres, directo a tu primer destino. Se abren las puertas, pero aún no hay ganas de entrar. Nos quedamos mirando la noche cerrada, con una Luna enorme y anaranjada, como si también estuviera allí, esperando a despedirse de ti.

Ya sólo quedan un par de minutos para que el conductor arranque el motor, cierre las puertas y emprenda su rumbo. Últimas miradas en silencio, esperando con ganas la hora de la salida, pero a la vez conteniendo la nostalgia de tantos recuerdos que pasan por la mente al ver que ya ha llegado el día. Un largo abrazo de despedida y rumbo a Madrid.

Te espera una nueva etapa, grande y con muchísimos proyectos que estoy deseando compartirlos todos contigo, a pesar de la distancia, ‘kuki’ 😉