Del invierno…

Suena el despertador, te levantas sin apenas haber dormido un par de horas. Miras hacia la ventana y ves asomar con timidez el sol, rodeado de una niebla inmensa que nos anuncia la pronta llegada del invierno.

Apenas abres los ojos para llegar a la cocina y preparar el desayuno, suena la segunda alarma del reloj, la que asegura que no me haya quedado pensando en mil cosas buenas y malas que me rondan por la cabeza desde hace meses. Lo apagas y preparas con pereza el vaso de zumo y las tostadas. Mientras, piensas en lo que te traerá este día, tan igual al resto, pero que por simples detalles puede convertirse en único.

La niebla va subiendo y el Sol cada vez menos tímido se asoma. El perro que lo ve, ya gruñe para salir a la calle. Te vistes corriendo y bajas a darle un paseo, con frío y con silencio, para escuchar bien los mensajes que te transmite el cerebro. Ya es hora de subir, los minutos no perdonan.

Me esperan las llaves del coche, para hacer el viaje al que me adentro tres veces por semana, es un viaje corto, pero necesario. El destino me promete risas, lloros, besos, abrazos y primeras palabras de alguien que está empezando a caminar en este laberinto llamado mundo.

De vuelta a casa, casi vuelve a ser de noche. Las farolas alumbran el camino marcado y los faros del coche hacen simpáticos guiños debido a la lluvia que roza el asfalto.

Rutina, esa palabra que asusta, pero que si la conoces bien, te das cuenta de que no es tan mala.

No hay nadie que peine mi cabello, no hay nadie que seque mi cabello…

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